Steven Benson: "Mata a tus seres queridos"



“Mi madre me dijo que no la extrañaría que mi hermano intentara deshacerse de ella. Mi hermano Steven, quiero decir”.
Declaraciones de Carol Lynn Benson


Steven Benson nació en 1952 en Fort Myers, Florida (Estados Unidos). No había conocido a su padre. Su madre, Margaret, era una millonaria divorciada de Edward, su segundo esposo. El abuelo de Steven, Harry Hitchcock, también era multimillonario. Steven tuvo una hermana, Carol Lynn. Ella tuvo un hijo ilegítimo en la adolescencia, al que bautizaron como Scott, y a quien adoptaron Margaret y Edward cuando aún estaban casados, haciéndolo pasar como suyo. Para Scott, la vida había sido una historia de excesos y desenfreno. Era adicto al óxido nitroso, también conocido como “Gas de la Risa”, sustancia que almacenaba en grandes tanques escondidos bajo su cama. Había derrochado grandes sumas en mujeres y le había costado a su madre adoptiva una fortuna en fiestas y clases de tenis. Despilfarró el dinero de su progenitora mucho más llamativamente que Steven, su hermano mayor, y además tenía un carácter violento. En varias ocasiones había agredido físicamente a Margaret y a Carol Lynn. Pero quien se convertiría en el mayor problema sería el primogénito. Steven Benson dependía intensamente de su madre. En 1985 ya era un hombre de negocios de treinta y tres años, pero seguía bajo el yugo materno. Para vengarse, explotaba a su madre. La compra de una furgoneta Chevrolet hecha por encargo fue un típico ejemplo de cómo estafaba a su madre. Ella le dio los $25,000.00 dólares que costaba el vehículo, pero él también pidió un crédito bancario por la misma cantidad para comprar un coche de su compañía. Luego ingresó el dinero concedido por el banco en el Meridian Marketing y se las arregló para que Margaret cubriera el préstamo, con lo que la señora Benson perdió $50,000.00 dólares más intereses. De un modo parecido, se las ingenió para malversar $250,000.00 dólares del pago inicial de su casa soñada. Steven Benson había cogido personalmente unos $85,000.00 dólares del dinero de su madre durante el año que la Meridian estuvo en funcionamiento. En total, Margaret perdió inútilmente $247,000.00 dólares en la improductiva compañía de su hijo.



Steven Benson


En 1984, un año antes de que muriera su madre, Steven Benson fundó otro negocio en el que podía aplicar su talento en el manejo de aparatos y mecanismos. Lo bautizó como Seguridad Meridian. Instalaba alarmas antirrobo electrónicas en los hogares de la gente pudiente de la zona de Naples. Por fin había conseguido empezar a ganar su propio dinero. Pero por esta época la ambición desmedida ya había acabado con su sentido común. Cuando su madre se ofreció para invertir en la compañía, él organizó una juerga de auto promoción con su dinero, encargó un elegante logotipo para la Meridian, colocó lujosos expositores en todas las ferias de muestras de la localidad y contrató un gran anuncio en las páginas amarillas. Margaret comenzó a presumir orgullosamente ante sus amigos diciendo que la compañía era de su propiedad. Steven Benson también creó varias compañías dedicadas al negocio inmobiliario, al marketing y al asesoramiento legal y financiero, bautizadas todas con el grandilocuente nombre de Meridian Grupo Mundial. Una gigantesca organización trasnacional, la Honeywell, se alarmó y encargó a su oficina de Florida que investigara todos los movimientos del que parecía ser un nuevo rival. En realidad, Steven sólo vendió unas pocas alarmas antirrobo. Las otras sociedades permanecieron inactivas y la Meridian no salió adelante. Su madre le daba un sueldo de director que ascendía a $36,000.00 dólares anuales y pagaba todos los gastos comerciales sin revisar jamás las facturas. Paradójicamente, esta generosidad fue llenando a Steven Benson de resentimiento, ya que parecía simbolizar su impotencia y el tremendo poder que su progenitora tenía sobre él. Entonces planeó una pequeña venganza: el desfalco. En diciembre de 1984, Wayne Kerr, el abogado que Margaret tenía en Pennsylvania, le advirtió que su fortuna, valorada en diez millones de dólares, se evaporaría en menos de siete años si no empezaba a economizar. Desde que se trasladaron a Florida, Margaret Benson había comprado cuatro fincas, varios barcos y automóviles. Estaba pagando la formación de Scott para que alcanzara la categoría de tenista profesional, mientras el joven se gastaba su dinero en alcohol, drogas y vestidos para sus amigas y amantes. Margaret comenzó a sospechar de su hijo Steven cuando Wayne Kerr revisó los libros de contabilidad de la compañía y le informó de que aquello era un completo desastre y las cuentas no estaban claras.



El 8 de julio de 1985, Steven Benson activó en secreto una de las compañías dormidas, la Meridian Markeeting, que operaba desde su propia oficina en Fort Myers; poco antes se había comprado una casa en el mismo lugar. Ese mismo día, Margaret y el abogado Wayne Kerr se fueron a Fort Myers y se presentaron en las elegantes oficinas de la Meridian Marketing. Ella quería saber quién había financiado la reactivación de la sociedad y por qué nadie la había informado al respecto. Siempre había exigido a sus hijos una lealtad absoluta a cambio de su generosidad. Sin embargo, su actitud dominante y posesiva acabó por destruir el primer matrimonio de Steven con sus intentos de controlar todos los aspectos de la vida de la pareja, desde la elección del hogar en que vivirían hasta el tipo de coche que conducirían o la mascota que tendrían en casa. Debbie, la segunda mujer de Steven, se había propuesto luchar contra el poder de su suegra y proteger a sus hijos del control matriarcal de la familia Benson. Para ello le prohibió a Margaret que viera a sus nietos. Sin embargo, su hogar estaba financiado con su dinero.






La oveja negra (click en la imagen para ampliar)


Cuando Margaret fue con Wayne Kerr a ver la nueva residencia de Steven Benson, ella montó en cólera. Aquella era la casa con la que siempre había soñado y su hijo vivía allí con Debbie, una mujer a la que odiaba. Indignada, le dijo a Kerr que intentara obtener el derecho de posesión de la propiedad hasta que Steven le devolviera el dinero con que la había comprado, y más tarde habló también de desheredarle. El abogado, por su parte, estaba impaciente por enfrentarse a los libros de cuentas de la Meridian. Cuando volvieron a Naples, ella le dijo a su hijo que quería que tuviera toda la contabilidad preparada para una inspección al día siguiente. Esa noche, Steven le dijo por teléfono a su hermana Carol Lynn que al otro día la ayudaría a marcar con estacas la distribución de una casa que Margaret quería construir cerca de allí; después insistió en que Scott, el perezoso hermano de veintidós años, los acompañara. La mañana del martes 9 de julio de 1985, Benson se marchó de su casa de Fort Myers, en Florida, y condujo 32 kilómetros hacia Naples, en el Golfo de México. Se dirigía a desayunar con su madre, su hermana y su hermano menor, pero cuando llegó a la lujosa casa de estilo español en que vivían en Quail Creek, su familia le recibió con recelo. Aquella mañana Steven tenía un buen motivo para querer evitar a su madre. Iba a tener que responder a preguntas muy delicadas sobre el dinero. Al llegar a la cocina, Steven los saludó efusivamente. El abogado de su madre, Wayne Kerr, estaba en la casa y al verlo, Steven se ofreció a salir a comprar café para el desayuno. Esta actitud contrastaba con su reciente propensión al mal humor. Sabía que su madre había llamado al letrado para que investigara su negocio, en el que había invertido, en tan sólo un año de funcionamiento, cerca de $250,000.00 dólares del dinero familiar. Aunque en ir y volver de la tienda no se tardaba más de diez minutos, Steven regresó al cabo de una hora diciendo que se había detenido a charlar de negocios con un conocido. También mencionó que la furgoneta en la que llegó tenía poca gasolina, por lo que tuvo que coger el coche de Scott, un pequeño Chevrolet Suburbano. Poco después de las 09:00 horas, los cuatro miembros de la familia Benson salieron de la casa con la cuerda y las estacas que necesitaban para marcar el terreno en el que iban a construir la nueva casa. Wayne Kerr se quedó para trabajar en la contabilidad de Margaret. Como la furgoneta apenas tenía combustible, iban a coger de nuevo el coche de Scott quien, molesto porque lo hubieran sacado de la cama tan temprano, se sentó al volante del Chevrolet y se dio cuenta de que su hermano había quitado la llave de contacto. Mientras tanto, Steven abría la otra puerta delantera para que su madre se sentara, aunque ella aseguraba que prefería viajar atrás. Su hermana Carol Lynn se colocó detrás del conductor, aunque sabía que en la parte trasera solía marearse. Antes de que nadie pudiera protestar por el sitio que Steven le había adjudicado a cada uno, este recordó que había olvidado la cinta métrica en casa. Le pasó las llaves del coche a Scott y se alejó del automóvil andando rápidamente hacia la vivienda.



Las víctimas (click en la imagen para ampliar)


Carol Lynn dejó su puerta abierta para que circulara el aire, y ese pequeño detalle le salvó la vida. Mientras esperaba que Steven volviera con el metro y se sentara junto a ella, vio a Scott inclinarse hacia adelante para poner en marcha el motor; después, todo se volvió naranja. Una fuerza impresionante la empujó contra el asiento. Tenía la sensación de estar retrocediendo a toda velocidad por un túnel de fuego. Lo primero que pasó por su cabeza fue que se estaba electrocutando, pero entonces se dio cuenta de que el coche estaba ardiendo. Bajó la cabeza y contempló con horror cómo sus manos parecían consumirse bajo las llamas. No cesaba de preguntarse cómo podría salir del coche sin manos, pero sin darse cuenta lo consiguió. Tumbado en el suelo junto al coche pudo ver a Scott; era evidente que estaba muerto. Steven estaba junto al porche, mirándola a través de las llamas. Cuando lo llamó gritando, pidiendo ayuda, él se dio la vuelta y corrió al interior de la casa.



La casa tras la explosión


La explosión rompió el silencio del vecindario. Algunos hombres de negocios retirados que habían salido a dar su paseo matinal corrieron hacia allí alarmados. A través de los arbustos del jardín pudieron ver un coche ardiendo y el cuerpo mutilado de Margaret Benson tumbado sobre un matorral. La onda expansiva le había arrancado el brazo izquierdo y parte de la cabeza. Cerca de lo que quedaba del vehículo estaba su hija, con la parte derecha de la cara abrasada e intentando ponerse de pie. Uno de los vecinos se acercó para ayudarla, y en ese momento se oyó el estruendo de una segunda explosión. Dentro de la casa, Wayne Kerr corría hacia el exterior, hacia el lugar del siniestro. Steven se cruzó en su camino con una expresión de horror en el rostro. “Llama a una ambulancia”, le dijo. Entonces volvió a salir y, mientras cundía el pánico a su alrededor, Steven Benson se sentó a contemplar la masacre.



La camioneta


Los agentes del departamento del sheriff local llegaron quince minutos después de la primera explosión. Los bomberos habían apagado el fuego y en el suelo, debajo de los restos del coche, podían verse dos grandes agujeros. Era evidente que se trataba de un caso para el Departamento Estatal de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, más conocido como el ATF, la brigada con más experiencia en explosivos en Estados Unidos. Un equipo de la ATF se puso a trabajar inmediatamente en el vehículo y en la zona afectada por la onda expansiva: un total de 182 metros que rastrearon con cribas, rastrillos y guantes, con las palmas recubiertas de placas imantadas. Aquel mismo día encontraron suficientes fragmentos de tubos ennegrecidos por pólvora como para deducir que la explosión fue producida por dos bombas de tubo de fabricación casera.






La bomba de tubo (click en la imagen para ampliar)


El teniente Harold Young, del departamento del sheriff del condado, interrogó a Steven Benson poco después sobre quién podía haber colocado el artefacto. El joven sugirió la posibilidad de que el culpable fuera uno de los individuos que negociaba con Scott. Le preguntó por qué había tardado tanto en ir a la tienda en el Chevrolet a comprar café, a lo que respondió que se había detenido a charlar con alguien de una firma local, pero que no podía recordar su nombre. Parecía estar demasiado nervioso, incluso para encenderse un cigarrillo. La novia de Scott, Kim Beegle, también estuvo presente aquella mañana. A pesar de su aflicción, se dio cuenta de que había algo extraño en la ansiedad de Steven. Poco después, cuando la policía la interrogó sobre quién creía que podía ser el responsable de aquello, ella mencionó a Steven; luego le preguntaron el motivo que podría tener para hacer una cosa así y ella respondió: "Motivos económicos". Carol Lynn, internada de emergencia y sometida a varias intervenciones de cirugía plástica, no estuvo en condiciones de ser interrogada hasta tres semanas después del atentado. En el hospital mantuvo una conversación con George Nolicki, un agente de la ATF que dirigía la investigación en colaboración con Young. Las sospechas de Carol Lynn estaban claras: “Mi madre me dijo que no la extrañaría que mi hermano intentara deshacerse de ella. Mi hermano Steven, quiero decir”.



El análisis de las pruebas


A medida que se iban acumulando comentarios sobre la culpabilidad de Steven y se iban reuniendo pruebas contra él, dejó de cooperar con la policía. Cerca de la oficina de su compañía, la Meridian Marketing, los dos investigadores encontraron la ferretería en la que se habían comprado los tubos empleados en la fabricación de las bombas. Era de vital importancia comprobar las huellas de las palmas de las manos del presunto asesino con las de los recibos de la tienda. Sin embargo, Steven se negó a que se las tomaran. Mientras tanto, los periódicos hablaban del “hombre blanco misterioso” que había entrado a comprar a la ferretería, y el Miami Herald daba con el paradero de un viejo conocido de Steven que aseguraba haberle visto en 1981 haciendo explotar bombas de tubo caseras en la cancha de tenis de su casa. Poco después, la prensa y los equipos de televisión se apiñaban alrededor de su casa de Fort Myers, donde vivía con su mujer y sus tres hijos. El arresto parecía inminente. Pero hasta que no se pudiera establecer comparación entre sus huellas dactilares y las de la persona que compró los tubos, la policía no podía hacer nada más.



Las huellas (click en la imagen para ampliar)


El viernes 16 de agosto, Young consiguió vencer las defensas legales del sospechoso. Para ello, empleó un procedimiento poco habitual: se hizo con una orden de registro para poder obtener las huellas. Hubo que esperar unos días para que el laboratorio forense diera los resultados, pero las huellas de Steven Benson coincidieron con las del cliente de la ferretería. Lo arrestaron en Fort Myers el 22 de agosto.



El arresto



Young y Nowicki le llevaron a Naples, donde fue acusado de dos cargos de asesinato en primer grado y uno de intento de asesinato, y se le negó la fianza. El padre de Margaret Benson, Harry Hitchcock, envió una carta al juzgado en la que decía: “Temo por mi seguridad si Steven queda en libertad. Cualquier persona capaz de asesinar a su madre por dinero es capaz de asesinar a su abuelo por la misma razón”.



El abuelo de Benson durante el juicio


La información de los desfalcos fue presentada por la acusación en el Caso Benson el día que comenzó el juicio en Fort Myers, Florida, el 14 de julio de 1986. Steven Benson se declaró inocente. Los libros de contabilidad, actualizados precipitadamente, se encontraban en la furgoneta en la que Steven llegó a casa de su madre el día de la explosión. La aparcó tan cerca del Chevrolet que quedó cubierta de salpicaduras de sangre y restos de las víctimas. Durante el juicio, se especuló con la posibilidad de que intentara que ardiera con la explosión, destruyendo así todas las pruebas financieras que había en su contra. También se insinuó que la segunda bomba, activada minutos más tarde, gracias a un reloj automático, iba destinada a Wayne Kerr, ya que calculó que sería el tiempo que tardaría en salir de la casa y llegar junto al vehículo.



Benson (sentado) durante el juicio


En la legislación de Florida existe un estatuto llamado “Ley de los Asesinos” (“Slayers Act”), que impone que un asesino no puede heredar dinero de sus víctimas. Steven Benson creía que jamás podrían relacionarle con las bombas y se convertiría en un acaudalado heredero, no en un preso común. Al final, una auditora de la ATF, Diana Galloway, analizó las finanzas de Benson y apareció en el juzgado con gráficos que mostraban detalladamente el conjunto de las transacciones realizadas entre las diferentes cuentas del banco familiar, y puso de manifiesto la utilización de la Meridian Marketing, la empresa secreta de Steven, para desviar fondos de las cuentas de su madre a las suyas.



Steven Benson con su abogada


El testimonio de Galloway, junto al de Kerr y los de los miembros del personal de la compañía, consiguió demostrar que el joven tenía un buen motivo, de carácter económico, para asesinar a su madre. Además el abogado defensor, Michael McDonnell, no pudo rebatir las pruebas forenses referentes a las huellas dactilares que le identificaban como el comprador del tubo empleado en la fabricación de las bombas.



El abogado defensor


El último gran triunfo de la acusación fue la llegada a la sala de Carol Lynn con un sombrero de ala ancha, gafas oscuras, un traje sobrio y su privilegiada belleza destruida por un montón de cicatrices. El emotivo relato de cuanto sucedió la mañana del crimen decidió el destino de su hermano. Los informes que se emitían por televisión sobre el juicio sustituyeron a las series de las emisoras locales y comenzaron a conocerse como “Las crónicas de los Benson”. En ellos se especulaba con la posibilidad de que el abogado defensor, con su extravagante carácter sureño, organizara una defensa estrafalaria. En realidad, iba a culpar al asesinado Scott de todo el asunto.






Carol Lynn tras el atentado


Poco antes del juicio, hubo muchos rumores sobre la muerte de Scott a raíz de la revelación de Carol Lynn de que el chico era en realidad su hijo. El abogado McDonnell podría haber tenido una buena oportunidad de hacerle parecer el verdadero asesino, si Scott no hubiera sido una de las víctimas. Como de hecho lo fue, tan sólo pudo sugerir que la turbulenta vida que llevaba le había convertido en un enemigo acérrimo de la gente con la que se relacionaba en los bajos fondos de Florida. La frecuencia con que se cometían asesinatos relacionados con el mundo de las drogas en el estado era lo suficientemente elevada como para que esta hipótesis pareciera plausible.



El juez


Sin embargo, la llamada “defensa basada en la mala fama” fracasó rotundamente, porque lo único que consiguió fue dejar abierta la posibilidad de que una persona o personas desconocidas hubieran colocado los artefactos explosivos. Los ayudantes del abogado recorrieron las zonas de mayor incidencia en las drogas en busca de historias sobre gente con la que Scott hubiera podido tener problemas. Perdieron tiempo y dinero con personajes escurridizos que tenían poco que contar. No encontraron una sola prueba definitiva que lo implicara en los hechos.



Caricatura sobre Benson: “¡Te dije que lo hicieras parecer un accidente!”


Hacia el final del juicio, el caso presentado por el Fiscal era irrecusable. Aun así, el jurado necesitó once horas para emitir un veredicto de culpabilidad en todos los cargos. Influyó el rumor de que, en una ocasión, Steven Benson le había comentado a un amigo: “Si tienes demasiados problemas, mata a tus seres queridos”.



Cronología (click en la imagen para ampliar)


La mitad de los miembros recomendaron la pena de muerte, pero el juez Hugh Hayes impuso dos sentencias de cadena perpetua por asesinato, y treinta y siete años por intento de asesinato y atentado con explosivos. McDonnell salió del juzgado asegurando haber conseguido “una gran victoria”, ya que, según afirmó, todavía no habían enviado a ninguno de sus clientes a la silla eléctrica. Hasta la fecha, Benson sigue en prisión.



Steven Benson en la actualidad




BIBLIOGRAFÍA:


Asesinos en Masa (Mass Murderers)



Extraído del libro Monstruos entre nosotros. Historia y tipología de los asesinos, de Carlos Manuel Cruz Meza.


El asesinato en masa es dar muerte a cuatro o más personas en el mismo tiempo y lugar, de manera violenta y sin previo aviso. Puede ser cometido por individuos o grupos, usando cualquier clase de armamento, aunque lo más utilizado son las armas de fuego.








Generalmente, el asesinato en masa es cometido por un solo individuo y ocurre tras una explosión de ira, motivada por un detonante: un hecho que puede carecer de importancia a los ojos de los demás, pero que ante el homicida adquiere profundo significado. Los asesinos en masa se ven sometidos a varios estresores previos (presiones sociales, laborales, económicas, familiares o personales) y finalmente son incapaces de contener el enojo, la frustración y la furia; deciden entonces descargar su rabia en un acto violento, que ellos cargan de significado y consideran un ajuste de cuentas, una venganza personal.



Sus ataques por lo general se dirigen hacia personas inocentes, aunque en ocasiones los sitios elegidos poseen un valor simbólico para el asesino (p.ej., un restaurante, un centro comercial, una escuela o una fábrica). Los asesinos en masa no discriminan víctimas y atacan por igual a hombres, mujeres y niños. Varios de ellos son ex militares o ex policías a quienes les gustan las armas de fuego, casi todos están desempleados o tienen problemas económicos, por lo general son alcohólicos y divorciados, o con problemas familiares. En algunos casos hay un historial de violencia.



No parece haber un elemento sexual en este tipo de ataques. La mayoría de ellos se suicida después de cometer la matanza. Se les relaciona con el “síndrome Amok” (una súbita explosión de ira que deriva en actos violentos). También con el “síndrome de estrés postraumático”, padecido por algunos ex soldados que han padecido experiencias traumáticas en el frente de batalla (comúnmente conocido como “psicosis de guerra”).



Se distingue del asesinato itinerante en que las muertes ocurren en un solo lugar y de manera simultánea, y en la itinerancia ocurren en diferentes sitios y con lapsos cortos entre cada uno. Cuando la causa es laboral, se les llama trabajadores asesinos. Son individuos que atacan el lugar donde trabajan o han trabajado, así como a las personas que allí laboran. Con frecuencia son empleados que han sido despedidos; otros consideran que sus condiciones laborales son injustas; unos más, han sido maltratados por otros empleados.



Sus ataques se dirigen contra sus compañeros de trabajo, sus jefes o el personal que labora en el lugar. También destruyen zonas simbólicas de la empresa: oficinas directivas o administrativas, cubículos, cafeterías, salas de maquinaria, bodegas. Se han dado casos en los cuales los ataques se dirigen exclusivamente contra las instalaciones y no contra el personal. Casi siempre, estos ataques son un manifiesto y poseen un trasfondo sociológico que revela un problema de lucha de clases. Algunos agresores se suicidan tras los ataques.



Los francotiradores asesinos (snipers) son tiradores expertos, que disparan desde grandes distancias, utilizando un arma larga (generalmente un rifle o un fusil con mira telescópica). Los mejores utilizan una bala por cada blanco y casi siempre disparan a la cabeza o el corazón. Suelen ocultarse, a veces mediante camuflaje. Los objetivos pueden estar fijos o en movimiento y se les denomina targets. Originalmente se trataba de militares, pero la popularización del término permite que se aplique el nombre a tiradores de élite de la policía, sicarios que matan disparando a distancia o asesinos solitarios armados con rifles, disparando contra civiles.



Cuando el escenario del crimen es una escuela, se les denomina asesinos escolares. Los actos bélicos no se consideran asesinato en masa, a menos que sean dirigidos en contra de civiles indefensos o prisioneros de guerra, en cuyo caso se enmarcan como crímenes de guerra. Cuando un gobierno comete asesinato en masa, se le denomina democidio y es diferente al genocidio.






CASOS EMBLEMÁTICOS:

Charles Whitman “El Francotirador de Austin”

1966, Austin, Texas (Estados Unidos): Charles Whitman “El Francotirador de Austin”, quien ha recibido entrenamiento en el ejército y estudia Ingeniería, va a casa de su madre, la apuñala y después le dispara en la nuca; acuesta su cadáver en la cama y regresa a su casa. Allí acuchilla a su esposa hasta matarla. Horas después, adquiere varias armas, las altera y llena su automóvil con armas y provisiones. Se traslada a la Universidad de Austin y sube a la Torre del Reloj; en el elevador mata a 3 personas. Una vez arriba, comienza a disparar sobre las personas que caminan por los jardines del campus; mata a 14 personas y hiere a 32. Es abatido a tiros por agentes de la policía que suben a la torre. Tras la autopsia, se descubre un tumor en su cerebro.





Richard Speck “El Asesino de Enfermeras”

1966, Chicago, Illinois (Estados Unidos): Richard Speck “El Asesino de Enfermeras” viola y asesina a 8 enfermeras en un dormitorio para estudiantes, la noche del 14 de julio. Una de ellas consigue esconderse y salva su vida, describiendo además al asesino. Speck es detenido cuando ingresa herido a un hospital tras una riña de bar. Juzgado y condenado a muerte, le es conmutada la pena y cumple prisión perpetua hasta su fallecimiento en la cárcel en 1991.





Mark Essex

1973, Nueva Orleans, Louisiana (Estados Unidos): Mark Essex, un ex marine negro con una vida idílica, se radicaliza después de sufrir varios ataques racistas por parte de sus compañeros. Tras entrenarse en tácticas de guerrilla con el grupo de los “Panteras Negras”, efectúa un ataque solitario en el hotel Howard-Johnson: asesina a varios huéspedes, provoca un incendio e inicia una refriega que se extiende durante varias horas. Enfrentado a tiros contra la policía y el ejército, Essex se atrinchera y rechaza todos los ataques en su contra, incluyendo 48 batidas que se hacen con helicópteros y gases lacrimógenos. 600 hombres de 27 agencias gubernamentales lo combaten, pero él resiste, rechazando a policías, marines, agentes del FBI y perros entrenados. Tras incendiar una manzana completa, es acribillado por la policía.








James Oliver Huberty “McMurder”

1984, San Diego, California (Estados Unidos): James Oliver Huberty “McMurder” dispara contra más de 40 personas, hiriendo a 21 y matando a 19, en el interior de una hamburguesería McDonald’s frecuentada por inmigrantes mexicanos. Su ataque dura 82 minutos. Gran parte de sus víctimas son niños. Es abatido por un policía con un tiro en el pecho.





Patrick Henry Sherrill

1986, Edmond, Oklahoma (Estados Unidos): Patrick Henry Sherrill, un trabajador postal descontento, asesina a balazos a 14 compañeros de trabajo y hiere a otros seis. Después se suicida.





Richard Farley

1988, Silicon Valley, California (Estados Unidos): Richard Farley, un empleado de Electromagnetic System Labs le dispara a Laura Black, una colega a quien ha acosado durante 4 años. El 17 de febrero llega al trabajo con siete armas de fuego. Mata a 7 personas y causa heridas de gravedad a su víctima antes de ser detenido.





Joseph Thomas Wesbecker

1989, Louisville, Kentucky (Estados Unidos): Joseph Thomas Wesbecker entra a la compañía Standard Gravure armado con un rifle y una pistola, y comienza a disparar contra sus compañeros de trabajo. Mata a 8 personas y hiere a 20. Después se suicida con un disparo en la cabeza.





Mattias Flink

1994, Falun (Suecia): Mattias Flink, un militar de 24 años, se viste con su uniforme y, tras alcoholizarse, se dirige al centro de la ciudad. En un parque, comienza a disparar contra un grupo de mujeres que encuentra allí. Mata a 7 de ellas y hiere a otra. Luego huye y se enfrenta a balazos con la policía, pero es sometido. Arrestado y juzgado, recibe una sentencia de prisión perpetua.





Byran Koji Uyesugi

1999, Honolulu, Hawaii (Estados Unidos): Byran Koji Uyesugi, un técnico, dispara contra sus compañeros de trabajo en el edificio de la compañía Xerox, matando a 8 personas. Es capturado horas después. Tras ser juzgado, se le condena a prisión perpetua.





Mark O. Barton

1999, Stockbridge, Georgia (Estados Unidos): Mark O. Barton, un trabajador despedido, asesina a su esposa y a sus 2 hijos en su domicilio. Después ataca las oficinas de dos empresas para las que ha trabajado: Momentum Securities y All-Tech Investment Group. Dispara indiscriminadamente, matando a 12 personas e hiriendo a 13. Luego se refugia en una gasolinera, donde se suicida.





Michael "Mucko" McDermott

2000, Wakefield, Massachusetts (Estados Unidos): Michael "Mucko" McDermott, un trabajador de la empresa Edgewater Technology, mata a balazos a 7 empleados. Es detenido y declara que Dios le ha encargado matar nazis para conseguir un alma.



BIBLIOGRAFÍA:

Tracey Wigginton: "La Vampira de Brisbane"



“Me gustaría rebanarle a alguien la tapa de los sesos y decirle: ‘Anda, piensa. Déjame verte pensar’”.
Tracey Wigginton en sus declaraciones ante los psiquiatras


Tracey Avril Wigginton nació en 1965 en Rockhampton, una ciudad ganadera que atraviesa el Trópico de Capricornio, situada a unos 900 kilómetros al norte de Brisbane, en Queensland (Australia). Rhonda, su madre, era la hija adoptiva de un millonario llamado George Wigginton. El padre de Tracey, Bill Rossborough, fue un vagabundo que abandonó enseguida a su mujer y a su hija de corta edad. También Rhonda se fue al poco tiempo, dejando a la pequeña Tracey al cuidado de sus padres adoptivos. George Wigginton y su esposa, Avril, ya tenían otras dos niñas a su cargo: una hija adoptada, Dorelle, y una niña, Michelle Wright. La madre de Tracey Wigginton, Rhonda, se mantuvo en contacto con la familia, pero nunca se llevó a la pequeña a vivir con ella.



Tracey Wigginton cuando era niña


George Wigginton era mujeriego y libertino. Su esposa, Avril, vivía consumida por el odio a su marido y el cariño a sus tres perros chihuahueños. Era muy cruel con las niñas que tenía a su cargo. Dorelle describió su propia infancia y la de Tracey: “Nos azotaba con un cable. No era un castigo normal... los golpes nos caían uno tras otro. Trataba de envenenar nuestras mentes diciendo que todos los hombres eran unos bastardos”.



La madre de Tracey


Dorelle declaró también que, a pesar de los golpes, su hermana fue una niña feliz hasta los diez años. “Durante la infancia nunca estaba triste. Luego cambió y se convirtió en un alma perdida”. Tracey declararía años después que quería enormemente a su padre hasta que, en cuanto cumplió los ocho años, comenzó a violarla. Tracey fue expulsada de la escuela por acosar a las otras alumnas con propuestas sexuales y la enviaron al colegio de las Hermanas de la Merced, donde enseguida se hizo famosa por sus tendencias lésbicas y su comportamiento peculiar. Una antigua compañera de clase afirmaría: “Yo siempre trataba de alejarme de ella; tenía un aspecto muy extraño”.



El Colegio de las Hermanas de la Merced, donde Tracey estudió


Cuando en 1982 salió del colegio, comenzó a llamarse a sí misma “Bobby” y a mostrar instintos violentos. Destrozó las pertenencias de su abuela y llegó a golpear a la anciana. Más tarde contrajo un matrimonio lésbico en una ceremonia íntima celebrada por un miembro de la secta Hare Khrisna. En 1985, tras la muerte de sus abuelos, heredó $35,000.00 libras y se trasladó al balneario de Cairns, lejos de su familia y de sus antiguos amigos.



La casa de Tracey cuando era joven


Despilfarró rápidamente el dinero y comenzó a trabajar corno portera de un club nocturno de homosexuales. Entonces, sintiéndose sola después del fracaso de su matrimonio, pidió al encargado del club, John O'Hara, que “le hiciera un hijo”. Tuvieron sexo en presencia de seis amigos íntimos y Tracey quedó embarazada; sin embargo, abortó y perdió a la criatura.



El club donde Tracey trabajó


En 1987 dejó Cairns y se fue a Brisbane, iniciando una tormentosa relación con una mujer llamada Donna Staib. Vivían juntas, a pesar de que cada una mantenía sus propias relaciones con otras mujeres, un hecho que, según Tracey, la hacía muy desgraciada. En aquella época se tiñó el pelo de azul y se tatuó el cuerpo. Aún vivía con Staib cuando planeó asesinar a alguien. El viernes 13 de octubre de 1989 todo se colapsó. Llegaba el verano a la adormilada ciudad tropical de Brisbane, capital del Estado australiano de Queensland. Sin embargo, no toda la ciudad era tan tranquila, ya que la zona conocida como Valle de la Fuerza (llamada generalmente el Valle), un barrio de mala fama, hervía de casas de masaje, garitos de juego clandestinos, restaurantes chinos y clubes de homosexuales, escondidos en la periferia de la ciudad. En uno de aquellos clubes nocturnos de fachada color violeta, "El Lewmors", charlaban cuatro mujeres de veintitantos años, a las cuales, entre otras cosas, las unía un interés por el ocultismo. Había luna llena y, mientras bebían, comentaban la misteriosa conjunción de la fase lunar con la fecha fatídica. La persona dominante del grupo era Tracey. Para entonces, era estudiante de un curso de metalurgia. Había conocido a Tracey Waugh y a Kim Jervis unas pocas semanas antes en “El Juego”, otro club nocturno gay del Valle. Las tres mujeres quedaron en reunirse de nuevo en el Lewmors y Jervis decidió llevar con ellas a una cuarta chica, Lisa Ptaschinski, a la que conocía desde hacía diez años y que presentó a Wigginton. Su presentimiento de que ambas mujeres iban a hacer buenas migas resultó acertado. Aquellas fornidas jóvenes se enamoraron tras compartir el placer de un inhalador para el asma Hacían una extraña pareja. Ptaschinski era un personaje extravagante con un pasado de sobredosis de drogadicción e intentos de suicidio. A sus veinticuatro años, Lisa había vivido una experiencia matrimonial breve y desdichada antes de convertirse en una lesbiana declarada. Era una mujer infeliz y desequilibrada que, según sus antecedentes, había ingresado ochenta y dos veces en el Hospital de Brisbane a lo largo de cinco años por sobredosis de heroína y por intentos de suicidio.



Tracey Wigginton poco antes del crimen


Aquella relación se veía favorecida por la personalidad dominante de Wigginton y la vulnerable vanidad de Ptaschinski. “Tiene un extraño atractivo”, comentaría poco después. “No sé qué es. Llegó a dominarme más que nadie en toda mi vida. Tenía una especie de poder oculto”. Esta clase de relación dominio-sumisión no es desusada, pero Ptaschinski declaró que su amiga le había hecho una curiosa petición. Un día, estando en la cama tras hacer el amor, Wigginton comentó que tenía hambre y después añadió que nunca comía carne, pero que se bebía la sangre que recogía en las carnicerías. Así, en la primera de las que serían cuatro ocasiones, Lisa Ptaschinski, antigua aficionada a la heroína, se hizo un torniquete en el brazo hasta hinchar una vena y se cortó en la muñeca, a fin de que su nueva amante le chupara la sangre. Al preguntarle posteriormente el motivo de que se sometiera a tan extraño ritual, Ptaschinski replicó: “Quería conservar esta relación. Quería llevarme bien con ella y si estás saliendo con alguien, tienes hacer lo que sea para darle gusto”.



Lisa Ptaschinski


Al igual que Tracey Waugh y Kim Jervis, la impresionable Lisa declaró que su compañera se comportaba como un vampiro en muchos aspectos. Dijeron que, al igual que en las novelas y películas de terror, Tracey evitaba a toda costa la luz del sol y únicamente salía de noche. Aunque medía 1.80 y pesaba cerca de 100 kilos, nunca la vieron comer auténtica comida. Por lo que ellas sabían, Tracey se alimentaba exclusivamente de cerdo y sangre de cabra. El asunto era, a final de cuentas, una fantasía de adolescentes. Las cuatro chicas se movían en un grupo que se llamaba a sí mismo “Los Swampies”, en un mundo de imágenes medievales, de magia negra y de fascinación por la muerte. Un panorama que Tracey Wigginton consideraba irresistible como campo de caza de mujeres jóvenes homosexuales aficionadas al ocultismo. En 1989, el Valle estaba dominado por un grupo conocido como “Los Swampies”. Las mujeres vestían ropa negra, pesadas botas y se teñían el pelo de negro azabache o azul. Los tatuajes eran algo habitual y mezclaban los accesorios de símbolos religiosos con motivos de murciélagos. La misma Wigginton lucía cuatro tatuajes que obedecían a la entonces atractiva moda de los símbolos del ocultismo. En el dorso de una mano se había grabado el ojo egipcio de Horus y en la otra, el símbolo de Leo, su signo del Zodiaco; Merlín el Encantador en el brazo izquierdo y una rosa negra en el derecho.






Tracey Waugh


Kim Jervis, empleada en un taller de fotografía, era una auténtica Swampie. Wigginton la encontró tan atractiva que la describió así: “Kimmie llevaba puesto un traje de raso negro con un lazo morado en la espalda y en la cabeza, un pañuelo también morado. Iba perfecta para el Club de Música Ácida”. Tracey Wigginton quedó menos impresionada por Tracey Waugh, una secretaria en paro, amante de Kim: “Tracey siempre me desconcertaba. Era muy tranquila, muy introvertida. Nunca la he visto beber o consumir droga. En sus relaciones es casi una solitaria”. Waugh, que fue descrita como la más alegre de las cuatro, no tardó en quedar sometida a la poderosa personalidad de la líder: “Tracey tiene una mente poderosa. Tiene ascendente sobre ti. Es como un imán. No puedes dejar de hacer lo que te ordena”, afirmaría. Wigginton aseguraba que era “una elegida, la Mujer del Diablo” y que éste quería convertirla en un ser destructor. Pronto logró dominar férreamente a los otros tres miembros del grupo.



Kim Jervis



Una semana antes del crimen, unos vecinos vieron a Tracey en el patio de su casa afilando la hoja de doce centímetros de una navaja mariposa, utilizada en artes marciales. Pocos días después, compró una segunda navaja. El 18 de octubre, cinco días después de que el cuarteto se reuniera por primera vez, se encontraron en el piso de Jervis, en un suburbio de Clayfield, para planear el modo de acechar, atrapar y asesinar a una víctima humana a fin de satisfacer la sed de sangre de Wigginton: “No puedo comer alimento sólido. Necesito sangre para vivir”, afirmó. El contenido del piso mostraba curiosos contrastes. Jervis tenía una colección de muñecas decapitadas y de gatos Garfield. Sentía también una macabra fascinación por la muerte y en las paredes aparecían colgados varios cuadros de cementerios. Había robado una lápida y la tenía colgada en el cuarto de estar. Las mujeres concretaron los detalles del plan bebiendo sambucca, un aperitivo italiano. Era muy sencillo. Waugh y Ptaschinski se harían pasar por prostitutas para hacer caer en la trampa a la víctima, un hombre o una mujer elegidos al azar, en uno de los parques interiores de la ciudad. La llevarían luego a un lugar apartado, donde Wigginton y Jervis se beberían su sangre. Después, entre todas llevarían el cuerpo al cementerio y lo introducirían en una fosa vacía recién cavada. Pensaban que si cubrían el cadáver de la víctima con tierra, al colocar encima cualquier ataúd, el cuerpo quedaría enterrado al mismo tiempo y nadie lo advertiría. No habría testigos, ni pistas, ni cadáver. El plan parecía ser infalible.



Las macabras muñecas decapitadas de Jervis


La noche del viernes 20 de octubre de 1989, exactamente siete días después del primer encuentro, las cuatro mujeres se reunían de nuevo en el club Lewmors. Al mismo tiempo, a siete kilómetros del río Brísbane, Edward Clyde Baldock, de cuarenta y siete años de edad, estaba tomando unas copas en su club con unos amigos. Era padre de cinco hijos y acababa de celebrar sus Bodas de Plata con su esposa. Aquellos dos grupos no podían ser más diferentes. Las chicas saboreaban champagne mientras proyectaban un asesinato, y Baldock y sus amigos se emborrachaban con cerveza después de jugar una partida de dados. También los locales presentaban amplios contrastes. El club Lewmors era un antro frecuentado por lesbianas. El Caledonian Club era un punto de reunión escocés sólo para hombres. Las amigas se hablan citado previamente, dos noches antes, en el Lewmors a las 22:00 horas. Se sentaron al fondo junto a la máquina de discos y pidieron dos botellas de champagne. “Me pareció desacostumbrado. Nunca les había servido champagne hasta entonces”, declararía la encargada y propietaria del club, Bettina Lewis, quien conocía a Jervis y a Waugh como habituales desde principios de 1987. Sin embargo, todavía tenían poco que celebrar. Estaba planeada la ejecución del asesinato, pero faltaba ultimar los detalles. Wigginton y Jervis iban armadas con navajas, aunque la primera aseguró a las otras conspiradoras que, si era necesario, sería capaz de matar con sus propias manos. A las 23:30 horas acabaron las copas y se marcharon.



Edward Baldock


Edward Baldock aún estaba en el club. Como trabajaba de pavimentador municipal, su horario era flexible y aquél era su día libre. Se había pasado bebiendo la mayor parte de él y justamente después de medianoche salió tambaleándose del local y se agarró a una farola para mantenerse en pie. Entretanto, las mujeres estaban dando una vuelta en el sedán verde Holden Commodore de Wigginton. Habían estado rondando por el Jardín Botánico y el Parque New Farm durante veinte minutos, buscando la víctima apropiada. En la radio del coche, Prince cantaba “Batdance”, el tema de la película Batman, mientras cruzaban el puente Storey y volvían por River Terrace hacia Kangaroo Point; entonces divisaron a un borracho que se apoyaba en una farola. Era un hombre obeso, de mediana edad y podía servir. Detuvieron el vehículo. Wigginton y Jervis bajaron para preguntar a Edward Baldock si quería que lo llevaran a su casa. En cuanto subió al asiento trasero, Wigginton le cogió la mano. Indicó a Ptaschinski que condujera hasta Orleigh Park, una aislada zona del río a unos siete kilómetros y medio y bastante próxima al domicilio de Baldock. El viaje transcurría en silencio. Ptaschinski aparcó bajo unas frondosas higueras cercanas al desierto Club de Vela de Brisbane Sur. "Le dije que quería pasar un buen rato y me contestó que estaba dispuesto", declararía más tarde Tracey Wigginton. Ambos bajaron a la orilla del río, donde se desnudaron. Al cabo de unos minutos, ella volvió al coche diciendo: “Necesito ayuda; ese bastardo es demasiado fuerte”. Lisa Ptaschinski dijo que estaba deseando ayudarla y Jervis le tendió una navaja.



Aquella noche fatídica, Edward Baldock podría estar demasiado ebrio para conducir, pero el alcohol no le hizo apartarse de sus hábitos cotidianos. Era un hombre meticuloso que, hasta en la playa, doblaba su ropa cuidadosamente comprobando que no caía nada del interior de los bolsillos. Cuando Tracey Wigginton se fue a buscar a Lisa Ptaschinski al coche, él aprovechó la ocasión para esconder su cartera detrás de uno de los toldos del Club de Vela. Edward Baldock sintió miedo de que lo atracara alguna de aquellas extrañas jóvenes, cuya oferta de mantener relaciones sexuales le parecía demasiado buena para ser cierta. Sospechaba, pero sólo del robo. Baldock se inclinó para recoger del suelo una tarjeta de crédito del cajero del Commonwealth Bank y se la metió en un zapato. Aunque tenía cuenta en aquel mismo banco, la tarjeta no era la suya. El nombre que figuraba en ella era el de “T. A Wigginton”. Ptaschinski acompañó a Wigginton de vuelta al río. El hombre estaba sentado; solamente tenía puestos los calcetines. Entonces, Lisa se deslizó a su espalda en la oscuridad y Tracey le mandó que le clavara la navaja, pero la chica no fue capaz: no podía emplear el arma contra aquel pobre borracho. En vez de ello, se dejó caer en el suelo y comenzó a farfullar incoherencias. Wigginton contaría lo que había hecho entonces: “Di vueltas a su alrededor. Saqué la navaja del bolsillo de atrás. Él me preguntó qué estaba haciendo; yo no contesté y lo apuñalé. Saqué la navaja de la herida y se la clavé a un lado del cuello. Lo apuñalé una y otra vez al otro lado. Después lo agarré del cabello y lo eché hacia atrás, clavándole la hoja en la garganta mientras aún seguía con vida. Volví a apuñalarle por detrás del cuello, intentando llegar al hueso y cortarle los nervios. Luego me senté delante del toldo y lo vi morir”.



El cadáver de Edward Baldock


Tracey le cortó casi completamente la cabeza, y para asestarle las quince puñaladas empleó dos navajas. Entonces le dijo a Lisa que regresara al automóvil y esperase mientras ella bebía la sangre del difunto Baldock. Según diría Lisa más tarde, “Tracey le cortó el cuello y se bebió su sangre”. Después de lavarse en el río, regresó al coche. Cuando le preguntaron si estaba satisfecha, contestó que lo estaba. Wigginton, sin embargo, terminaría negando este hecho ante la policía. Sin embargo, las otras fueron inexorables en su acusación de que había bebido la sangre del hombre. Waugh declaró que cuando iba conduciendo hacia casa de Jervis, el aliento de Tracey olía a sangre humana, y afirmó que después del asesinato Tracey parecía “casi satisfecha, como el que se acaba de comer tres platos, lo que es mucho decir”. Lisa Ptaschinski declararía en el juicio que, aunque llevaba la navaja de Kim con el propósito de matar al hombre, no llegó a emplearla: “Estaba en pie detrás de él, pero no pude hacerlo. Tracey me arrebató el cuchillo y lo apuñaló en la parte posterior del cuello, él gimió y se cagó encima”. Las navajas eran parte esencial de las pruebas y la versión de Ptaschinski sería seguida atentamente.



Fue una muerte triste e indigna para un intachable padre de familia, Las asesinas ni lo conocían ni tenían nada en contra de él; les resultaba completamente indiferente, Eran cuatro asesinas que necesitaban una víctima y encontraron a un bebedor inofensivo, quien sucumbió ante su ataque. Las cuatro chicas estaban seguras de haber cometido el crimen perfecto. No había testigos y nadie relacionaría nunca a la víctima con ellas, sus asesinas. Sin embargo, junto al cuerpo de Edward Baldock había quedado una prueba tan definitiva que hizo que las mujeres fueran detenidas unas horas después. La casa de Jervis, en Clayfield, estaba a unos nueve kilómetros de distancia. Las cuatro mujeres volvían del lugar del crimen en un estado de euforia. Entraron en el piso aliviadas, pero la sensación de seguridad fue efímera: Wigginton advirtió enseguida que había perdido la tarjeta del banco Cornmonwealth y reconoció que se le podía haber caído junto al cuerpo del hombre. Decidieron que lo más seguro era volver al escenario del crimen para buscar la tarjeta, en lugar de dejarla como una prueba definitiva en manos de la policía. Wigginton y Ptaschinski volvieron a Orleigh Park y al ver que el cadáver de Edward Baldock continuaba en el suelo, aparentemente inadvertido, se quedaron más tranquilas. Registraron inútilmente la zona y, al cabo de un rato, Tracey Wigginton llegó al convencimiento de que la había perdido en cualquier otro lugar. Para volver a Clayfield tomaron una carretera junto al río, frecuentada por amantes en sus coches y por mirones ocasionales. Las chicas no estaban interesadas en las actividades ajenas. Ahora tenían miedo y solamente deseaban llegar a casa. Entonces sus temores se hicieron realidad: les dio el alto una patrulla de policía de carretera. Se trataba de una investigación rutinaria para controlar a conductores ebrios o vehículos robados. En medio del pánico, las mujeres, obsesionadas por el asesinato, habían salido del piso sin la documentación del coche. Lisa Ptaschinski, al volante, fue incapaz de encontrar el permiso de conducir y la policía tomó nota de los datos del coche y de la conductora. Le hicieron también un test de respiración para comprobar que estaba sobria y le dieron instrucciones para que presentara el permiso en la comisaría lo antes posible; después, los agentes las autorizaron a continuar. Volvieron al piso de Jervis completamente aterradas y entre las cuatro cómplices cundió el pánico. Su crimen perfecto había fallado. Estaban convencidas de que la policía relacionaría su coche con el cadáver aparecido junto al río. Se reunieron para preparar unas coartadas que despistaran a los agentes.



La tarjeta de Tracey dentro de los zapatos de Baldock


Alguien más permanecía despierta por el miedo en aquellas horas grises del amanecer del sábado. La señora Elaine Mable Baldock se despertó sobresaltada y buscó a su marido junto a ella. No estaba. A las 05:00 horas, sin poder soportar la angustia, telefoneó a la policía. Pero no tenían noticias de Edward Baldock ni compartían la inquietud de la esposa por su maduro y bebedor cónyuge. Tenían la experiencia de que, antes o después, los maridos acababan volviendo a sus preocupadas y enfurecidas mujeres. Sin embargo, la señora Baldock conocía las costumbres de Edward. Llevaban casados veinticinco años. Sabía que algo grave había ocurrido para que estuviera fuera de casa hasta tan tarde. A las 08:00 horas llamó de nuevo a la policía. Esta vez enviaron tres agentes para interrogarla porque ahora tenían noticias del asesinato de un hombre de mediana edad. Un notario que cruzaba el río en bote y dos señoras dando un paseo, habían descubierto el cadáver. La policía acordonó la zona y encargó del caso al sargento jefe de detectives Pat Glancy. Este, a los pocos minutos, encontró la tarjeta de Tracey Wigginton dentro del zapato izquierdo de la víctima.



La ciudad por la noche


Un equipo de televisión se precipitó a la orilla del río para filmar la sangrienta escena. También estaba allí la asesina. Durante la larga noche hasta la aurora, comprendió que el “crimen perfecto” había fracasado por su culpa. Sabía que la tarjeta estaba en el punto exacto donde había asesinado a Baldock y fue hacia allí una vez más sin hacerse acompañar por ninguna de sus compañeras. Decidió buscarla de nuevo a la temprana luz del amanecer; pero no era lo bastante temprano. Cuando vio a la multitud que rodeaba el cadáver, se escabulló rápidamente y regresó al piso. Tenía que avisar a sus amigas de que la policía había encontrado el cuerpo del viejo. Poco después del descubrimiento del cadáver, la policía comprobó que el Holden verde detenido la noche anterior por una patrulla pertenecía a la persona cuya tarjeta apareció en el cadáver de la víctima. Suponían que aquel peculiar asesinato tenía una fácil solución. La propietaria de la tarjeta de crédito sería la amante de la víctima al que habría asesinado en el curso de una discusión.



La esposa de Baldock


Mientras tanto, a las 13:00 horas, Tracey Wigginton volvió al Club de Vela por cuarta y última vez a lo largo de aquellas doce horas terribles. En esta ocasión estuvo con los detectives, quienes filmaron en video el desarrollo de aquella última visita. Cuando la preguntaron si en algún momento había estado cerca de donde se encontró el cadáver, Wigginton respondió vagamente: “Bueno, no lo recuerdo exactamente, pero Kimmie y yo estuvimos haciendo una especie de recorrido por la zona”. Contó la historia que habían urdido entre las cuatro. Dijo que Jervis y ella habían estado en Orleigh Park el día anterior, no la última noche. Mencionó también a una pareja de aspecto sospechoso que merodeaba por la zona. Sometida a interrogatorio, Tracey comenzó a titubear y cambió la historia. Confesó haber ido al parque a primera hora de la noche y haber tropezado con un cuerpo en la oscuridad, pero añadió: "Estaba demasiado asustada para llamar a la policía". Tracey Wigginton no fue la única de la pandilla en desdecirse de la coartada falsa. Al mismo tiempo que ella cambiaba su relato, Ptaschinski perdió los nervios. Salió del piso y estuvo vagando, confusa y asustada, hasta que no pudo soportar la culpabilidad o la tensión de saberse perseguida, y se dirigió a la comisaría más cercana. A las 19:00 horas de aquel mismo día, Wigginton y Ptaschinski fueron acusadas del asesinato de Edward Baldock. Lo mismo ocurrió con Jervis, poco tiempo después. Waugh, detenida primero y luego puesta en libertad, fue de nuevo detenida posteriormente. Tracey Wigginton fue acusada independientemente de sus tres compañeras, y Tracey Waugh quedó en libertad bajo fianza.






El club donde ocurrió el crimen


El asesinato de Edward Baldock suscitó el acostumbrado frenesí de los medios de comunicación, especialmente cuando, después del registro policial, se insinuó que en el crimen había indicios de magia negra. Esta hipótesis se apoyaba en la descripción de la lápida mortuoria que decoraba la vivienda de Jervis Claystone. Resultaba sorprendente que aquel crimen brutal fuera obra de mujeres. Los criminólogos escribieron artículos en los que explicaban la razón por la que en los asesinatos femeninos no se solían emplear métodos tan brutales y las feministas se interesaron en el caso achacando el salvajismo del hecho al temor que las mujeres sienten por los hombres. Sin embargo, como pasaban los días y no se celebraba el juicio, decayó el interés popular por el tema.



El arresto de Tracey Wigginton


Por otra parte, detrás de los muros de la cárcel de mujeres, los detectives y los psiquiatras se sentían horrorizados por el trasfondo que el relato del crimen sugería. Wigginton fue profundamente psicoanalizada, en parte porque se había confesado autora del crimen y porque era necesario comprobar si estaba mentalmente sana cuando cometió el asesinato. Cuando, a través de los interrogatorios, la policía pudo reconstruir pieza por pieza el desarrollo de aquel crimen, resultó patente que Tracey Wigginton era una enferma. El Tribunal de Salud Mental de Queensland estudió numerosos informes sobre ella. Debían determinar si su caso caía bajo el reglamento para enfermos mentales o si debía ser sometida a juicio. Uno de los agentes que la arrestó, Jack Austin, de la Unidad de Homicidios, no tenía dudas de que se trataba de “una mujer muy calculadora. Tenía preparada una historia y sólo confesaba las cosas que sabía que nosotros conocíamos. Aquello no nos preocupaba, pero podía desconcertar a otros: una personalidad típicamente psicópata”, fue su tajante resumen. A un psiquiatra que la interrogaba le confesó que lo único que le disgustaba realmente era que su actual amante, Donna Staib, mantuviera relaciones con otras mujeres. Esta amante fue citada para testificar sobre el carácter de Tracey Wigginton como parte del procedimiento para establecer el estado de salud mental de la detenida.



El interrogatorio de Tracey


Staib declaró ante el Tribunal que su amante mostraba frecuentes cambios de carácter, pero que nunca la consideró agresiva y que jamás había dado pruebas de ser una persona violenta. Dijo también que solía tener crisis de ausencia y que se acostaba encogida, adoptando la posición fetal. Y que a veces llegaba a ser introvertida y encerrada en sí misma, negándose a hablar con nadie durante días. Añadió que a Tracey le gustaba dibujar los monstruos de las películas de terror, con escenas de momias y vampiros. La misma detenida manifestó bajo hipnosis que supuestamente tenía varias personalidades; una de ellas, un joven llamado “Bobby”, era un sadomasoquista. Bajo esta personalidad, confesó haber tratado de relacionarse con una mujer conocida solamente como Jamie. Jamie era el amo que golpeaba a su esclava con una correa y la hacía usar un collar especial con un candado que indicaba su completa sumisión. Esta historia contradecía curiosamente otras informaciones sobre Tracey, en las que se la consideraba dueña de una personalidad dominante y manipuladora. Para decidir sobre el estado mental de la acusada, el Tribunal convocó a prestigiosos psiquiatras para que le asesorasen. Una de las declaraciones más famosas de la asesina apareció en las cintas de video donde se documentó su interrogatorio. Ante los médicos declaró: “Me gustaría rebanarle a alguien la tapa de los sesos y decirle: ‘Anda, piensa. Déjame verte pensar’”.



La escena del crimen


El doctor James Clarke, psicólogo clínico y experto en hipnosis, estaba convencido de que Wigginton sufría el Síndrome de Múltiple Personalidad y que, legalmente, no era culpable de asesinato. Lisa Ptaschinski fue la otra acusada sometida también a análisis psiquiátrico. Los médicos afirmaban que estaba atemorizada por Tracey Wígginton y que creía firmemente que su amiga era un vampiro, que evitaba los espejos y sólo se arriesgaba a salir de noche, y cuando lo hacía de día usaba gafas oscuras. El doctor Peter Mulholland, un especialista en psiquiatría del Royal Hospital de Brisbane, diagnosticó que Lisa Ptaschinski padecía una grave enfermedad mental semejante al trastorno de personalidad antisocial. Describió sus síntomas “entre la neurosis y la psicopatía”. Su comportamiento, al que estaba sólidamente aferrada, incluía un tipo de relaciones intensas e inestables, la automutilación y repetidos intentos de suicidio.



Sin embargo, otros psiquiatras discutían el hecho de que Ptaschinski padeciera cualquier enfermedad y afirmaban que la joven fue plenamente consciente de sus actos durante la noche del crimen. El doctor Francis Vargeese, del hospital Princesa Alejandra, dijo que, aunque la personalidad de Ptaschinski se apartaba ampliamente de las normas establecidas, no significaba que padeciera una enfermedad mental. “No creo que un trastorno de la personalidad signifique una anormalidad de la mente. Es una variación de la estructura de la personalidad humana”, matizó concisamente. Nadie pudo dilucidar el motivo que justificase el asesinato de Edward Baldock. ¿Tan poderosa era Tracey Wigginton como para persuadir a tres mujeres adultas y embarcarlas en una aventura criminal sólo porque les había dicho que necesitaba beber sangre? ¿O estaban tan alejadas de los valores morales de su comunidad que un asesinato llegó a ser para ellas una simple diversión?



Uno de los detectives encargados del caso


Tracey Wigginton dio a conocer su trastorno de múltiple personalidad a través del psicoanálisis y de la hipnosis. Los doctores James Clarke, especialista en psiquiatría de la Universidad de Nueva Gales del Sur, y James Quinn, psiquiatra forense, hipnotizaron a la acusada durante veintiséis horas y ambos la diagnosticaron como una enferma mental. Después del exhaustivo examen psiquiátrico, los especialistas declararon también que habían detectado en ella cuatro personalidades diferentes. Era “Tracey la Grande”, una adulta depresiva; “Tracey la Joven”, una tímida criatura de ocho años; “Bobby”, el asesino despiadado, y “El Mirón”, un frio y distante observador de los otros tres. Las sesiones de hipnotismo se grabaron en vídeo y las cintas se proyectaron ante la policía y el tribunal médico. De este modo se podía confirmar la validez de cualquier diagnóstico psiquiátrico. En aquellas cintas aparece Tracey Wigginton experimentando diversas transformaciones y cambios de humor. Su voz variaba de acuerdo con la personalidad que adopta su mente. En un tono profundo, masculino, “Bobby” declaró ser el homicida, confesando que su odio hacia “todos ellos” lo indujo a asesinar al indefenso Edward Baldock. “El Mirón” explicaba tranquilamente que “ella estaba matando a mucha gente, a todo el que la molestaba, a su novia Donna, a su madre, a su abuela, a su hermana”. Cuando estaba hipnotizada, Wigginton lloraba y gemía, pero al salir de ese estado fumaba incesantemente y hablaba sin parar. Su lenguaje se hacía atropellado. “Pensando en la posibilidad de que estas manos hayan asesinado a alguien, no logro comprender el hecho de que ellas y yo matáramos a una persona, a un ser humano, una vida extinguida, lo definitivo”.



Un estado contradictorio (click en la imagen para ampliar)


Algunos severos observadores tenían la sensación de que la acusada adoptaba las actitudes y los modos de las series de televisión, e hicieron cálidos elogios de la capacidad de interpretación de la joven. Los psiquiatras Quinn y Clarke, por su parte, estaban convencidos de la exactitud de su diagnóstico de síndrome de múltiple personalidad. Clarke afirmaba que podía medir algo que él llamaba “hipnotizabilidad” y que Wigginton estaba absolutamente hipnotizada y tenía que decir la verdad, siendo incapaz de fingir cualquier tipo de estado emocional. Fue significativo el hecho de que Tracey no confesara nunca su pretendida afición por la sangre o que hubiese bebido la del muerto. Esta afirmación procedía de las otras tres mujeres cómplices del crimen. Wigginton no negó que hubiera asesinado a Edward Baldock, ni su interés por el ocultismo y el satanismo, pero ni siquiera hipnotizada confesó nunca su papel de vampiro. La policía declaró que los videos de muertes reales influyeron en Tracey Wigginton, que disfrutaba viéndolos en cámara lenta. Donna Staib, su amante, confesó que la noche anterior al crimen Tracey había estado reproduciendo a cámara lenta una escena en la que a un hombre le reventaban la cabeza de un tiro, y añadió que Tracey había estado contemplando aquella escena en particular hasta dieciocho veces.



Los titulares


La muerte de la víctima fue algo real, y patente el dolor de su viuda. Por lo tanto, era esencial que el jurado viera a aquellas mujeres como tres asesinas y no como unas jóvenes dementes. Quinn y Clarke no entregaron toda la información obtenida en las sesiones de hipnotismo. Indicaron que había padecido una infancia de abandono, crueldad y abusos sexuales y que todo ello podía haber provocado su inestabilidad emocional. En resumen, diagnosticaron que la acusada era una enferma mental. El Tribunal Médico de Queensland, formado por el juez Ryan del Tribunal Supremo y los doctores Norman Connell y Gordon Urquhart también interrogaron a Wigginton. Después de estudiar los informes de los otros especialistas dictaminaron que a la acusada no se la podía ser considerar una enferma mental. Tracey Wigginton era consciente de su comportamiento, responsable de sus actos y calibraba las consecuencias. A finales de enero de 1991, Tracey Wigginton fue declarada culpable de asesinato y condenada a cadena perpetua en la cárcel de mujeres de Brisbane.



La viuda durante el juicio


El Club Lewmors cerró a raíz del escándalo y siguió en desuso en el Valley. Su propietaria y encargada, Bettina Lewis, declaró que las muchachas eran clientas asiduas y de buen comportamiento. “No puedo dormir por las noches pensando en que esas desgraciadas bebían en mi club”, declaró Lewis, quien después trabajaba en un almacén de alfombras. “Es lo más horrible que he oído nunca, y yo, como una pobre bastarda, era la que les servía las copas”. Los medios de información dieron escasa importancia al juicio de Tracey Wigginton, quien, en enero de 1991, fue condenada a cadena perpetua. El de las otras tres chicas acusadas de un brutal asesinato prometía ser espectacular y la sala se llenó. En ella se agolpaban en pie las familias de las inculpadas, la de la víctima y la asociación de lesbianas de Brisbane, para escuchar los dramáticos detalles. Las tres mujeres mostraron escasa emoción a lo largo del juicio y se comunicaban muy poco entre sí. Su principal contacto consistía en ofrecerse vasos de agua unas a otras. Se negaron a prestar declaración, por lo que la acusación presentó en la sala las cintas de vídeo con los interrogatorios de la policía.



Lisa Ptaschinski bajo arresto


La familia de Ptaschinski no asistió a la vista. Ella se sentó con los brazos cruzados y una expresión terriblemente airada. Vestía de negro y lucía en el antebrazo un tatuaje que representaba un sexo femenino. El cabello, que llevaba muy corto en la época del crimen, le había crecido, y ahora los rizos negros le llegaban hasta los hombros. Jervis había sufrido una lamentable transformación durante la espera del juicio. Tenía el cabello lacio y grasiento, y los ojos hundidos, rodeados de círculos oscuros. Boquiabierta, parecía asombrada por lo que le estaba ocurriendo. Al final del juicio empezó a intercambiar alguna sonrisa con Tracey Waugh, su antigua amante y la única de las tres que había conseguido la libertad bajo fianza. Los padres de Waugh acompañaron a su hija durante todo el juicio. Parecía la misma imagen de la inocencia, como sugirió el fiscal Gundelach al comentar que “tenía el aspecto de una estudiante de dieciséis años”.



Kim Jervis detenida


Los abogados defensores describieron a Tracey Wigginton como una mujer manipuladora y peligrosa que dominaba a las demás por el temor. Julie Dick, la representante de Ptaschinski, puntualizó que “su cliente estaba hechizada”. Que aunque se sintió fascinada por la “peligrosa y escalofriante aventura de beber sangre”, nunca creyó que podría ocurrir. Un psiquiatra citado por la defensa declaró que la acusada sufría trastorno límite de la personalidad que perjudicaba su capacidad para ponderar los hechos que condujeron al asesinato y a su realización. El doctor Peter Mulholland declaró: “Es obvio que Lisa cayó en el error de creer que su amiga era una vampira y consideraba el plan para matar a alguien que calmara la sed de sangre de Tracey como una broma pesada, hasta que sucedió realmente. No pensaba que Tracey Wigginton quisiera matar realmente, y se sintió aterrada cuando su amiga la mandó a apuñalar a aquel hombre”.



Tracey Waugh arrestada


El abogado de Jervis, Michael Hogan, alegó que también su cliente consideraba el plan como una broma, pero que cuando se produjo el asesinato, el miedo que sintió por Wigginton le impidió hacer algo. En una grabación que se dio a conocer al jurado, Jervis declaraba a la policía: “Yo creí que era una broma, que sólo se trataba de charlar, no de actuar. Fue el mayor error de mi vida”. Continuaba diciendo que Wigginton quería que la viera beber la sangre. Describió la escena que se desarrolló junto al cadáver y dio su versión sobre el comportamiento de sus compañeras. “Quiero asustarlas, conseguir crear un infierno en ustedes. Si alguien me toca cuando estoy haciéndolo, soy capaz de arrancarle un brazo”. Jervis añadió en su declaración: “Nunca se acercó y nos dijo: ‘Lo he matado’ o algo parecido. Sólo mencionó: ‘Ahora estoy satisfecha’”.






Tracey Wigginton y la escritora Therese Collie


Durante el juicio salieron a relucir algunas extravagantes hipótesis sobre fenómenos sobrenaturales que presentó la defensa de Tracey Waugh, la tercera acusada, Afirmó que las tres habían caído bajo el “control mental” de Wigginton después de que ésta rompiera el crucifijo que Jervis llevaba al cuello. “En cuanto le quitó la cruz, Kim se quedó sin protección”, según decía Tracey Waugh en una entrevista cuya cinta se presentó ante el tribunal. Declaró también que Tracey Wigginton era una adoradora del diablo, capaz de desaparecer dejando solamente visibles sus “ojos de gato”. “Tracey tiene una mente poderosa. Te ata. No puedes dejar de hacer lo que te manda”, declaró Waugh. Y continuaba, que había advertido a Wigginton en el club Lewmors que el plan era un error. “Le dije que no queríamos hacerlo, y ella contestó que tenía preparado algo distinto y que no debíamos preocupamos. Entonces se puso en pie para marcharse, alzó la mano y yo salí sencillamente tras ella”.



Caricatura de Tracey Wigginton


El equipo defensor de las tres acusadas estuvo de acuerdo en inculpar exclusivamente a Tracey Wigginton, de quien dieron una visión aterradora. El letrado Peter Feeney, defensor de Waugh, dijo que la joven no había tratado de evitar el crimen o de buscar ayuda porque se lo impedía el temor a las represalias de su amiga, e insistió en que, al contrario que las demás, no desempeñó un papel activo en aquel macabro proyecto. Afirmó que su cliente oyó decir a Wigginton que la consideraba una víctima de reserva por si las otras no conseguían un extraño a quien asesinar. “Todo lo que deseaba era encontrar a alguien que le pudiera dar sangre. Fue, obviamente, un asesinato sangriento”, afirmó el fiscal, Adrian Gundelach, quien resumió el caso contra Ptaschinski, Waugh y Jervis, ante el jurado del Tribunal Supremo. Aquellas tres mujeres no eran unas adolescentes ingenuas captadas para un culto pseudosatánico, y añadió, el jurado no debía dejarse engañar por su aspecto juvenil. Eran unas personas adultas que planearon un asesinato y buscaron a la víctima, aunque después no llegaran a apuñalarla.



Cronología (click en la imagen para ampliar)


Continuó diciendo que no habían intentado disfrazarse o vendar los ojos a Baldock, porque tenían intención de matarlo y no corrían peligro de que las identificaran. Después de catorce días de vista el Jurado se retiró a deliberar. Elaine, la viuda de Edward Baldock, estaba en la sala cuando el portavoz del jurado emitió el veredicto. Lisa Ptaschinski, de veinticuatro años, de Tongarra Street, Leinchhardt, perrnaneció impasible en el banquillo cuando se le declaró culpable de asesinato. El juez MacKenzie la condenó a cadena perpetua. Kim Jervis, de veintitrés años, técnica en fotografía, de Montpelier Street, Clayfield, sollozaba silenciosamente cuando fue sentenciada a dieciocho años por el cargo menor de homicidio involuntario. El jurado dejaba en libertad a Tracey Waugh, de veintitrés años, una desempleada de Miles Street, Clayfield. Salió de la sala como una mujer libre, en compañía de sus padres.



Tracey Waugh tras ser absuelta


Al sentenciar a Ptaschinski, el juez manifestó que no tenía otra opción que la de condenarla a cadena perpetua. “Es patente la naturaleza deleznable y cruel de los acontecimientos en los que participó usted aquella noche, dadas las pruebas escuchadas durante el juicio y que no necesitan mayores consideraciones”. Y dirigiéndose a Jervis añadió: “Usted sabía lo que estaba a punto de suceder y no tuvo piedad de Edward Baldock, otro ser humano”. Kim Jervis presentó tiempo después un recurso en contra de la severidad de su condena de dieciocho años por homicidio involuntario. Elaine Baldock, la viuda, estaba en la puerta de los tribunales acompañada por unos amigos que la consolaban, y en un momento determinado gritó: “¡Ojalá se mueran, ojalá se mueran en la cárcel!”



Lisa Ptaschinski en prisión


Tracey Wigginton cayó en una profunda depresión cuando ingresó en la cárcel, pero fue adaptándose a las condiciones de la prisión de mujeres de Brisbane, en Boggo Road. Con los años, se convirtió en bibliotecaria y cursó estudios de computación. Su familia se quejaba de que curiosos y maniáticos los molestaron desde los comienzos del caso. Rhonda Hopkins, la madre de Tracey, dice que su hija “había soportado bien” la escuela. “Todos tenemos que cargar con nuestras vidas. Por favor, déjennos hacerlo dignamente”.



Tracey Wigginton en prisión


La familia Baldock no superó el impacto del crimen. La viuda, Elaine Baldock, quedó muy amargada. “No me cabe en la cabeza que fueran mujeres las que lo hicieron, que fueran mujeres”, declaró. La familia siempre se mostró disgustada porque, a su parecer, las sentencias fueron demasiado suaves. La muerte de Edward Baldock supuso para la familia el cobro de una generosa pensión que les permitió comprar una casa. Siempre habían vivido en sitios de alquiler. Su viuda colocó en la puerta principal una placa de bronce en recuerdo de su esposo. Años después, las peticiones de libertad condicional de las asesinas fueron sistemáticamente rechazadas.



La placa en memoria de Edward Baldock




VIDEOGRAFÍA:

Tracey Wigginton en Las verdaderas mujeres asesinas
video



BIBLIOGRAFÍA:










FILMOGRAFÍA:

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